Cuando decidí encontrarte, ya me había perdido. No del todo, o quizás sí.
Tú estabas ahí, limpio y confiado, como siempre. Llevabas barba, y tus ojos pequeños me reconocieron enseguida. Yo estaba en el umbral de tu puerta, sin saber donde meterme, todo yo me parecía en exceso, fuera de lugar. Tú, en cambio, calzabas perfectamente en tu entorno, en tu cuerpo de hombre forjado, en tu nueva barba tupida. Me pregunté qué hacía ahí, por qué había aceptado tu
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