QUE TERROR, pensé, ¡se terminó el Limbo!
Y yo, entonces,¿ para dónde parto??
La noticia de su abolición por decreto me puso muy nerviosa, pero los nervios estuvieron demás y fundaban en mi ignorancia. Lo que yo tengo reservado es un lugar en el Purgatorio, que sigue existiendo, ojalá hasta el momento de mi muerte, y que es distinto del Limbo. (Por favor, no me vayan a abolir ese peldaño intermedio, cuento con él...! )
El Purgatorio- gracias a Dios (o a la generosidad de la Iglesia)- es un lugar de paso. Es la sala de espera, la antesala de la purificación, para acceder a la prescencia del Padre. Los rituales de la purificación los desconozco, pero aquellos que saben más que yo, hablan de "llamas que arden pero no queman".
El Limbo, ese que alguna vez fué y ya no es, es una instancia eterna. Al Limbo se llega (llegaba) para siempre. Ahí, según la Iglesia Católica, fueron a parar hasta hace un par de semanas, todos los niños que murieron sin ser bautizados. Quedaron flotando, en principio, por toda la eternidad, en un "estado de felicidad natural", pero sin la gracia de "contemplar el rostro de Dios". Los acompañaban en este destierro feliz, los padres de la Iglesia que vivieron antes de la venida de Cristo, y que tampoco tuvieron la suerte de ser bautizados. Así, en el Limbo podíamos encontrar a Abraham, Isaak, Jacob, y a otros personajes míticos del Antiguo Testamento. Ese era el llamado "Limbo de los justos", cuya población de almas se componía además, de aquellos hombres buenos que no tuvieron la posibilidad de conocer a Cristo.

