Ya pasó un año desde mi primera visita al gimnasio. Esa experiencia
fue el material de mi segundo artículo en el blog. (Lo publico a continuación por si alguien se anima a leerlo).
Gracias a esta rutina, logré mover algo del tejido adiposo y reactivar un par de endorfinas. Lo inquietante ha sido el efecto secundario: la pérdida (gradual) del sentido del ridículo. Sin pudor, he pasado a integrar el coro de las que cantan "dame de beber aguita de tu bo-ca" o "pásame la botella, tantantan, voy a beber en nombre della", o mejor todavía y a grito pelado: "desde que te perdí,se están enamorando todos de mi...desde que te perdí, las puertas se me han abierto de par en par,y se me abrió hasta la puerta de Alcalá" (toma!!).

