Hace un par de días volví de Buenos Aires.
Mis hijas y yo directo del barrio de Palermo, que les cuento, es como nuestra antigua Ñuñoa antes que se la fuera tragando la picota. A Palermo parece que ya nada lo mata, porque los barrios se salvan cuando los declaran monumento nacional, que no es el caso, o cuando pasa algo inesperado. Y aquí lo inesperado rescató al ladrillo. Palermo es el paraíso gay, isla multicolor de hombres enamorados, paseando libres como canarios fugados de la pajarera. Los dependientes de las tiendas son gay, los diseñadores de ropa, la mitad de los clientes, los reataurantes, los cafecitos con enredaderas, los hoteles boutic, todo gay.
