En una tarde en la que todos dormían acariciados por un sol que quemaba hasta los huesos, recostada en una hamaca, viendo como los árboles se despedían para alcanzar al infinito...
Esteban espera el ilusorio volar de Sofía, dulce amada, toda blanca, aterciopelada, ojos claros, cabellos negros, senos suaves y pequeños, su ombligo, del cual desmbocan dos hilos que parten deliciosamente el contorno de de su cintura, terminándose en el abismo de su columna, la suavidad. . .
Sofía, dulce amada, estoy solo, pensando en hilos rojos que salen de la oscuridad de tu oscuridad .
las pestañas aún no se reponen aún de su sosiego diminuto.
Cuando de las entrañas hacia afuera se expresa sin pudor, una falta
Un golpe de canción desde la carne hasta la piel, que entre más fuerte se hace, más placentero se encuentra... y es como un dulce padecer, continuo y tembloroso