
¡Préndete ya, por favor! Nada en respuesta, la luz roja, como riéndose en mi cara, no digna a prenderse. Sentado desde mi asiento comienzo enjuiciarla silenciosamente en mi mente, odiándola por no obedecer mi orden, que no es por capricho sino por necesidad. Necesito que se prenda. No sólo yo, me imagino que quienes están sentados alrededor también lo desean, aunque no con desesperación, al parecer. Todos conservan la calma. ¡Por Dios! ¿Es que acaso nadie se va a parar a reclamar por esa ausente luz roja? ¿Cómo es que nadie hace nada? Todos tranquilos conversando en sus asientos, o
(Read more)