Si por un momento me quedo quieto. Observo el tiempo. No soy viejo. No soy adulto. Y si en ese momento me asomo por la ventana, me siento en el sillón y veo una película y me río fuerte, muy fuerte, tan fuerte que lloro mientras me sigo riendo fuerte, tan fuerte. Y si en esa película me sumerjo, y si en esa película me olvido que me quedé por un momento quieto, intentando no oir el reloj en el estómago del cocodrilo, ni el veneno de mi falta de sueños, de fe y de más fe. Se asomaría
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Pasamos el natalicio de Gabriela Mistral... silencioso y muy silencioso, como la marginación a las rondas y la oda a la Cascada. Como la marginación a un billete, a una dulce mujer dura, a una hembra solterona que un día se ganó el Nóbel y recordamos que existía, para luego marginarla nuevamente. Mientras, América la aprovechaba y se transformaba en las aulas de México en la reforma, y en el diálogo de igualdad de las mujeres de los 20, de los 30 y de los otros años que vinieron.

Un bote surcó lentamente el mar. La playa Chinchorro pintada de negro es cortejada por unas luces amarillas que marcan el camino hacia las sombras que circundan la costa infinita. Un muelle viejo abandonado observa al pescador silencioso en su espera vestido de gorro, parca y café caliente junto a sus redes, mientras contempla la ciudad que poco a poco se duerme en una noche templada de invierno en el desierto; y yo estoy en esa ciudad caminando y yo estoy en esa ciudad escribiendo en otra noche, en otro momento, en un ahora.