Yo mentía mejor mientras más cerca, tal vez porque
la insuperable forma de quererte lejos; fue tenerte cerca;
Fue saborear el daño, lamiéndole el filo al cuchillo;
Verte esas pupilas, divinamente malditas, de perro ajeno.
La condena fue mirarte por debajo de mis ojos mentirosos
cuando respiraba tu olor, manjar exquisito, de animal en celo,
agente nocivo e insanamente apetitoso que te emanaba.
Ah… No cabía duda de que yo era un tango
mirándote con estos ojos de “El día que me quieras”,
que tu traducías más bien como “Cambalache”
versión de mala clase, arrabalero y nocturno.
Yo, a diferencia
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