En política, la prudencia, la caballerosidad y el recato de los hombres públicos son virtudes más que deseables para fortalecer el diálogo y el intercambio de opiniones e ideas en que debe desenvolverse nuestra democracia. Lamentablemente, como todas las virtudes, éstas suelen ser escasas.
En tiempos pretéritos de nuestra república, los públicos varones arreglaban sus problemas personales en privado y para callado. Si la cosa era seria, se arreglaban a duelo (afortunadamente la buena puntería nunca ha sido una cualidad
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