Cuando era niña sufrí un gran cambio, en el estricto significado de la palabra cambio.
Viví mis primeros años de infancia junto con mis padres y mi hermana Gaby, en casa de mis tíos-abuelos (para nosotras los abuelitos) de allegados, como se le dice ahora.
Emigramos de esa casa cuando mi padre compró, a plazo, un gran sitio donde se construyó una linda casa en la comuna de La Cisterna, allá por el año 1955.
Era una casa maravillosa ya que después de haber vivido centralmente en la capital, con patio de baldosas y plantas en macetero, llegamos a un lugar donde las calles eran de tierra, salvo la nuestra, que conformaba un conjunto habitacional de unas 24 casas con árboles frutales y un extenso terreno para cultivar o plantar lo que se quisiera. Luego que llegamos ahí, mi padre hizo constuir una gran piscina, donde aprendimos a nadar, era la atracción principal en verano, llegaban familiares y amigos a visitarnos, los que incluso se bañaban de noche, cuando el calor asediaba, mi papá le instaló un sistema de luces muy novedoso, así que era un espectáculo el agua iluminada de colores.
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