Casi siempre al regresar de un viaje, uno siente que se le han quedado cosas del país que ha visitado. Pronto, sin embargo, el sistema se encarga de absorberte nuevamente, y como dicen por ahí, la memoria es frágil y la rutina demasiado fuerte, por lo que se requiere fuerza de voluntad para mantener vivas las enseñanzas, costumbres y elementos que ese viaje ha agregado en nuestras vidas, y que ha influenciado de manera positiva.
Uno de estos ejemplos es la comida. Los que hayan viajado a un país lejano de oriente alguna vez, sabrán que las delicias culinarias de
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Eran las 5 de la tarde cuando arribamos a Nagarkot, una pequeña localidad montañera situada al noreste de Kathmandu, a unas dos horas y media de viaje en bus local y con una altitud de 2.700 mts. aproximadamente.
Las historias de Nepal son como sus canciones: acogedoras, melancolicas, sublimes y felices. Nepal es como uno siempre ha imaginado que sería el lugar perfecto en el mundo para poner todas las cosas buenas que uno ha construido sobre la marcha de su vida: el amor, la amistad, la aventura, los amigos, la sonrisa del alma. Nepal es el recipiente en el que el mundo guarda sus reservas de humanidad para cuando se quede sin ellas.