Supongamos que comencé a escribir, o a trazar letras con alguna intención más o menos coherente a principio de los años 80. Desde esa ridícula y nostálgica época recuerdo que comencé a escribirle cartas al pascuero, con la idea de que este personaje, que no tenía ni tendría el gusto de conocer, atravesara el planeta para llegar al fin del mundo para traerle una muñeca a una cabra chica mañosa y regalona, o sea yo. A pesar de que ya
(Leer más)