Tuve la suerte de ver anticipadamente la segunda película de Pablo Larraín. Lo cierto es que, después de ver su excepcional pasada por Cannes que tenía ganas de verla. Comentarios iban y venían, que era tremenda, dura, sin piedad ni concesiones, que nadie sale sin sentirse choqueado. Y después de verla confieso que pese a todas las expectativas que cargaba, salí con más que todo lo dicho. Mucho más. Demasiado, para ser exacto.
Lamentablemente para nosotros, Tony Manero -o mejor dicho, Raúl Peralta- encarna lo que somos a diario. Esa voz que nos dice que fracasamos, que perdimos como
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