Vine acá a oler mi infancia
para completarme de silencios
con las sumidades floridas,
mientras el día resbala entre las
horas.
Veo pasar corredores y ciclistas, todos
gorjeando,
cerca de un murito gris con lentos y mínimos
hierbajos,
todos ellos peinados por la húmeda brisa de la
tarde,
jadeantes como las campesinas de las
granjas
en las afueras de Boronezh.
Veo pasar también a una mujer
temblorosa por el sendero puntillado de
mirlos,
casi desnuda a pesar del frío,
pasando a mi lado sin reconocerme,
como escapando de mis palabras, ya
descoloridas
como guirnaldas que ya no sirven para celebrar. (Read more)


