Disparo una pistola. Observo dónde dió la bala. Pongo ahí un blanco y declaro que apunté a ese lugar.
Así no puedo equivocarme. Así yo no fallo nunca. Siempre estoy yo en lo correcto. Así, yo tengo razón.
Este truco -parece tonto pero el Endemoniado de Chillán sabe que, de hecho, constituye una costumbre muy extendida y habitual, cuando menos entre los habitantes de este lugar- recibe como nombre racionalización. Yo racionalizo lo que hago y nunca me sale nada mal ni me equivoco.
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