
Se podría decir que ha habido movimientos de masas democráticos solamente cuando han coincidido en oportunidad y discurso los intereses de grupos mayoritarios de la población, indignada, desesperada o esperanzada, y las elites políticas, fueran comunistas, socialistas, socialcristianas o fascistas. Es el caso de la población
La Victoria, histórica toma de terrenos de hace medio siglo, que ha intentado ser apropiada por partidos políticos, pero siempre sus pobladores han sido más que esos intentos de reducirlos. Cuando el progresismo está tan confundido, con socialistas neoliberales (que subliman la conciencia en las más diversas yerbas del esoterismo), victimas de la dictadura que aún miran para el lado cuando escuchan Cuba, puristas de izquierda que terminaron financiados por los petrobolívares del caudillo comediante (ahora sí que aplica la tragedia convertida en comedia), o con los demócrata cristianos ensimismados y enfrentados, es tan bueno recuperar la memoria social de nuestra historia de chilenos, de dónde venimos hace no tanto tiempo, de la pobreza, la marginalidad, la dignidad y la solidaridad. Si hasta la derecha parece más genuina en su sensibilidad ante la pobreza. Desgraciadamente, ninguna opción se acerca a entender que hoy se necesita democratizar las posibilidades del emprendimiento, la innovación y las tecnologías digitales, que ahí están los recursos para crear valor para todos, incluir a los más pobres, actualizar la educación, fortalecer la democracia y recuperar el sentido de nación solidaria con nuestros hermanos (y La Victoria tiene mucho de todo esto). Un ejemplo de la paradoja, es que el periódico conservador
El Mercurio es quien recuerda este hito del movimiento social.
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