Con manos imaginarias empuja, araña, rasguña. Cruelmente amortajadas, las otras no tienen espacio para elevarse.Las piernas imitan pasos veloces, apresurados, pero la punta de un zapato permanece atrapada al clavo del primer martillazo y el otro, el otro no lo siente. Usa su boca dura de hierro, articula aguijoneadas palabras para gritar. Un largo y pesado mutismo le ha condenado. Su lengua yace desmayada, amordazada, sin verbo para la huida.Aprieta los párpados buscando algo en su retina, y en la
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