Quiso coger la flor que ofrecía toda su esbeltez y lozanía a los ignorantes pies que visitaban de vez en cuando esa vereda. El tímido zorzal lo miraba desde lejos, con esa vacía mirada de párpados oblicuos. Dio tres saltos con sus frágiles y amarillas patas, hurgueteó la tierra con la voracidad silenciosa de los pájaros en el invierno, dos, tres veces. Luego voló. Así como una adolescente estira sus brazos saludando la mañana, la flor había extendido su belleza. Sus cinco pétalos blancos se disponían con sensualidad, separándose tenuemente uno de otro. Los finos estambres estaban preparando su acometida,


Ai! Laurië lantar lassi súrinen 