(Columna originalmente publicada en La Tercera, domingo 22 de junio 2008)
No cabe duda que Santiago es una ciudad segregada. Las oportunidades, infraestructuras y condiciones de vida que entrega la urbe no están equitativamente distribuidas por su geografía. Vitacura y La Pintana podrían, perfectamente, ser dos ciudades separadas, una premium y global, la otra empobrecida y del tercer mundo.
Para los grupos más acomodados este aislamiento puede ser inocuo, incluso deseado, pero la separación social y espacial tiene nefastas consecuencias
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