
El pozo
Baldomero Lillo
Con los brazos arremangados y llevando sobre la cabeza un cubo lleno de agua,
Rosa atravesaba el espacio libre que había entre las habitaciones y el pequeño
huerto, cuya cerca de ramas y troncos secos se destacaba oscura, casi negra, en
el suelo arenoso de la capilla polvorienta.
El rostro moreno, asaz encendido, de la muchacha, tenía toda la frescura de
los dieciséis años y la suave y cálida colaboración de la fruta no tocada
todavía. En sus ojos verdes, sombreados por largas pestañas, había una expresión
desenfadada y picaresca, y su boca de labios rojos
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