
(Escrito en noviembre de 2006.)
Uno de los mejores discos, y de los más vendidos de este genial compositor canadiense de Folk Country Rock, Neil Young es sin duda alguna 'Harvest', lanzado el 1 de febrero de 1972. Este genial trabajo discográfico estuvo bajo la producción de Henry Lewy, Elliot Mazer, Jack Nitzsche y el propio Neil Young. Su fina estructura de cuerdas suaves y decorosas, y aquellos geniales retoques de harmónica se desenvuelven con una sutileza tremenda, sonidos clásicos de alta calidad como lo es el tremendo aporte de la London Symphony Orchestra por ejemplo. 'Harvest' fue número 1 en la lista de los mejores discos pop de los Billboard Music Charts de Norteamérica. El single "Old Man" alcanzó el número 31 de los 100 mejores temas del año en los Billboard Hot 100, y la canción "Heart of Gold" obtuvo el número uno.
En 1998 los miles de lectores de la revista Q magazine pusieron a 'Harvest' en el puesto número 64th dentro de los mejores discos de la historia, y en los años 1996, 2000 y 2005, fue escogido según más lectores de otras revistas, como uno de los mejores 50 discos canadienses de la historia. En el 2003, la revista Rolling Stone puso a este genial disco llamado 'Harvest' en el puesto 78th de los mejores álbumes de todos los tiempos. (Read more)

Era el fin de una banda que había logrado captar la atención de todos por su derroche de ingenio, sus sublimes melodías e interpretaciones a pulso, una magna utilización de cada uno de los instrumentos utilizados, y… por sobre todo, como mencioné anteriormente, mucha creatividad. ‘Message from The Country’ (1971) era el cuarto LP, y el último que editaba The Move, donde, a mí parecer, el líder indiscutido multiinstrumentista y cerebro de esta banda británica, Roy Wood, el no menos influyente guitarra/piano/ Jeff Lynne y el certero baterista Bev Bevan, entregaban el 110% de sus estrujadas mentes para finiquitar el concepto que esta esencial banda setentera habría comenzado a efectuar en la escena musical desde 1965. Por entonces, Wood y Lynne fundaban una banda paralela a The Move, llamada Electric Light Orchestra, donde estos dos maestros de la composición pop-experimental intruseaban en los sonidos más recónditos habidos en cuerdas clásicas, y aportaban en el resto con su propia cosecha. Sin embargo, las eternas tensiones con el sello discográfico terminaron por aburrir al genio de Wood, quién se marchaba definitivamente de The Move –así como de la ELO también- en 1971, tras le edición de este fenomenal disco, para formar un nuevo conjunto en 1972, llamado Wizzard, con lo cual, daba paso a todo el movimiento de glam rock surgido en la década de los setentas. Por otra parte, Jeff Lynne se hizo cargo de la ELO y con esto abría el camino a una de las bandas insignia de los 70’s. Siempre pensé que la ELO, en sus comienzos, fue más bien un método de escape de Roy y Jeff, para poder percibir nuevas tendencias, en años donde los vientos de cambio soplaban fuerte de temporada en temporada. (Read more)

Un día como cualquier otro, Dan The Automator Nakamur (Daniel Nakamura), un súper productor con un exuberante talento para engendrar joyas de pop y sofisticado hip y trip hop (el genio detrás de bandas como Gorillaz –junto a Damon Albarn- o Handsome Boy Modeling School), se acordó de cuanto le gustaba la erótica noción que el maestro Serge Gainsbourg habría cimentado en su joya conceptual de 1971, ‘Histoire de Melody Nelson’, o quizás en la sublime “Je t'aime... moi non plus”, o simplemente algo del genio francés, para ocurrírsele esta soberbia idea: hacer algo similar a lo de Serge y Jane Birkin, sin embargo con un aire más actual, uniendo a dos figuras contemporáneas y siendo más explícito aun: un proyecto que llevaría por nombre Lovage. Para ello, primero localizó a la mujer más dulce y sensual de la escena independiente, Jennifer Charles, talentosa vocalista y multintrumentista, que además es la esencia de toda la dulzura dream pop que la banda Elysian Fields entrega en cada uno de sus discos. The Automator ya tenía lista la parte femenina, con la apasionante voz de Jennifer hasta le sobraba; el asunto ahora era encontrar al macho, quién curiosamente llegó de casualidad. Nakamura estaba en la producción del proyecto de Mike Patton, Peeping Tom, cuando un día se le ocurrió mostrarle a este una maqueta de Lovage, de esta forma Patton prefirió dejar congelado su proyecto y convencer a The Atomator de que él era el hombre indicado, y que por supuesto grabaran de inmediato. Así fue como en 2001 se gestó la idea de ‘Music to Make Love to Your Old Lady By’, un obra maestra sexualmente divertida, imprescindible para todo aquel que disfrute del Trip hop y enloquezca con todas esas canciones tristes que están hechas para los amantes sucios. (Read more)
 Muchas veces he pensado en el Apocalipsis. La primera vez que lo hice fue hace cuatro años atrás, por causa y efecto de una canción llamada “The Man Comes Around”, obra del venerado (especialmente por mí) maestro Johnny Cash. Pero cuando digo Apocalipsis, me refiero a lo que queda después de la catarsis universal; “el post Apocalipsis”. Porque para el momento de la destrucción total del mundo se me vienen muchas canciones a la cabeza, como “ Paralyzed” de The Cardigans, “Retrovertigo” de Mr. Bungle, o algunas tonadas de Explosions In The Sky o Sigur Rós, por ejemplo. Sin embargo, para ese preciso y sutil instante del “post Apocalipsis”, son pocas las canciones que calzan a la perfección con la visión pictórica que yo he construido y visualizado en mi cabeza de lo que sería la continuación del final de la existencia. A ver… imaginen. El cielo oscuro, brumoso, con leves borrones de un color carmesí intenso. Sólo desierto, un desguarnecido paisaje sin nada más que escombros, iluminado por la tenue luz que se acerca detrás de las colinas, proyectada por los moribundos sobrevivientes de la catástrofe. Algo así. Bueno, antes no podía describirlo tan bien como ahora, pero después de escuchar el primoroso, extravagante y naturalista disco de Devendra Banhart, ‘Rejoicing in the Hands’ (2004), el hecatombe se reveló solo ante mí. (Read more)
La música es tan inmensa que a veces explicar lo que uno extrae, lo que se experimenta a través de ella puede llegar a ser un ejercicio inevitablemente superfluo, o en peor de los casos imposible de concretar si se intenta. Quizás porque de todas formas la música no es más que una melodía bien acomodada, tan sólo eso. Por lo mismo, siempre creemos -y lo constatamos- que se trata de algo mucho más sustancial; un mar de reflexiones adornadas, un destape histérico de rebeldía contra las propias cadenas que nos imposibilitan a ir más allá, a romper las barreras de lo que nos auto imponemos como erróneo dentro del sistema robótico-social que certificamos involuntariamente. La mera posibilidad de que un mensaje intangible sea enmascarado en una imagen acorde a algún movimiento cultural. O mucho más. O eso, o que la música simplemente nos guste porque esté ahí, justo cuando la necesitamos. Cuando todos están contigo, y después, incluso, cuando todos se van, pues la música nunca abandona. Porque no juzga, no es rencorosa. No quita, simplemente entrega. Esa es la esencia de la música, una técnica natural, de su propiedad, la cual despierta todo un tesoro de conocimiento innato en nuestro interior con ritmos, sonidos, atmósferas, minutos, evocaciones abstraídas e inigualables con cualquier otra sensación; dulces, amargas, eternas o fugaces, aquellas que siempre dejan huella. Es por eso que quiero escribir sobre los discos que me han marcado, han subrayado etapas más memorables de mis años en tierra, y me han influenciado espiritualmente en mi forma de ver el mundo y entender la vida. Me gustaría empezar esta hilada de artículos con un disco infravalorado, cuyo atractivo es la simpleza y humildad de su autor, más el constante rasgueo de las cuerdas y la profunda melancolía que se desprende de ellas; Going Somewhere (2001) de Colin Hay. Se trata de un álbum completamente acústico, y que a pesar de todo, su dinámico contenido se disuelve en una sola balada mortal, perfecta para nuestros momentos más imperfectos; un interesante compilado de canciones artesanales interpretadas con una voz honesta, tan poderosa como apasionante, cuya riqueza recae en las sabias letras que el ex Men At Work comprueba con canciones como la dulce “Beautiful World”, la reflexiva “Children on Parade”, o la infinitamente triste “Waiting For My Real Life To Begin”, tema que originalmente fue compuesto en 1994 junto al músico Thom Money. (Read more)
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