Esa tarde lluviosa no abrí la puerta del Harry’s Bar. Dejé que el sonido del agua corriendo como una redundancia por las calles de Venecia y de una soledad artificial, llevaran mis recuerdos hacia otro momento muy distinto y anterior, a un atardecer inflamado por el sol de invierno y las olas verde grisáceas del Gran Canal cuando, al descender de un vaporetto, bebimos el mejor martini seco del mundo.
Todos los excesos son permitidos cuando hay un recuerdo poético, sospechosamente romántico. Porque la verdad es que nadie sabe, a ciencia cierta, donde se oculta ese mejor martini seco del






Hoy tuve uno de los despertares más deliciosos de los que recuerde en el último tiempo... no fue mi estridente alarma del celular, ni tampoco mi radio a volumen más que moderado lo que me sacó de mi reposo nocturno. Fue el constante repiqueteo en mi ventana (ubicada a escasos 70 cms de mis oídos) de cientos de miles de gotas que pareciera que lo único que querían era entrar a mi pieza. Huyendo del frío, quizás, o del asqueroso smog que ha cubierto Santiago estas semanas... quién sabe... lo único que sé es que no alcanzaba a abrir los