

Cuando en 2001 se estrenó El señor de los anillos: la comunidad del anillo, muchos fanáticos de la saga de J.R.R. Tolkien, así como también cinéfilos en general, quedaron boquiabiertos con semejante obra maestra del cine contemporáneo. Peter Jackson, el director de esta gran obra, no sólo había forjado una magistral mega-adaptación de una de las sagas más apasionantes de la historia, sino que además había agrietado soberbiamente un portal donde las dosis de magia y fantasía eran tan altas, que imposible resultaba resistirse frente a la fiebre cinematográfica que producía la espera de las dos siguientes entregas: El señor de los anillos: las dos torres (2002), y El señor de los anillos: el retorno del rey (2003). Todos conocían la historia, y los que no, prefirieron obviar cualquier inferencia burda de la apasionante trama y esperar con las mismas ansias las anheladas continuaciones. Cualquiera que hiciera un símil entre el libro y la adaptación de esta primera parte, notaría que la visión expuesta del director es simplemente asombrosa. Hablamos de una cinta que daba el puntapié inicial a algo que se veía venir grande (y que ciertamente lo fue), de la misma forma, o con el mismo nivel que George Lucas dio vida a La guerra de las galaxias a finales de los ‘70.
Muchos son los argumentos que pueden definir la calidad de El señor de los anillos: la comunidad del anillo. Tenemos la espectacular puesta en escena que hacía uso de los mejores efectos especiales antes vistos. O quizás la esencia épica que envolvía a cada uno de los tremendos personajes impulsaba el tono de los efectos. Puede ser. De hecho, nuestros ojos se estremecen frente a tanta belleza en cada plano general, donde la comunidad pulula por los gloriosos paisajes de Nueva Zelanda. O también las escenas donde las batallas entre nuestros héroes y el mal que los acecha nos ponen los nervios de punta, y el climax visual es para alucinar. En fin, son varios los argumentos. Sin embargo, y cómo no, uno de los más importantes es la referencia musical, que ciñe cada expresión natural de film. Las maravillosas tonadas célticas de Howard Shore, junto a la New Zealand Symphony Orchestra, a la London Philharmonic Orchestra y a la voz espectacular de Enya, conforman un soundtrack esplendido, digno de elogios tan desmesurados como los que obtuvo la película misma. Pongan atención al siguiente video, la canción lleva por nombre “Concerning Hobbits”, una de las composiciones más memorables de esta banda sonora. Una verdadera oda para esta simpática gente de pies peludos. (Read more)