Los gallinazos sin plumas
Julio Ramón Ribeyro
A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas[1] se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos[2], macerados[3] por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por
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