
El paisaje es siempre el mismo: corredores con rejas y muros grises, policías que observan cada movimiento, cada ir y venir de los presos; que huelen todos los hedores que produce el encierro sin diferenciarlos de los propios, unificados en uno solo; que escuchan cada grito, cada maldición, creyendo en todo momento que son ellos quienes están afuera, quienes vigilan a los que están del otro lado de las rejas. Ambos encerrados, ambos uniformados. Las diferencias en realidad son pocas, aunque sustanciales: unos son los sometidos, los otros son quienes someten; unos pueden salir al cielo abierto para ir a
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