Sergio Pitol: Amelia Otero
Deberías verla ahora, ¡ay, Cata, sencillamente le deshace a uno el corazón! Sabrás que la pobre se mantiene dando clases de música; yeso, ahora que ni pianos quedan en este miserable pueblo, significa medio morirse de hambre. ¿Recuerdas el suyo? Lo habían traído de Viena, o de París, qué sé yo. ¿Te acuerdas de su pequeño paraíso? Arañas de Murano, alfombras persas, mantelería de Brujas, chucherías del mundo entero para realzar los muebles que los Otero conservaban desde la fundación de San Rafael. Pues todo eso, Catalina, todo, no existe ya sino en la memoria. La





