A fines de noviembre de 1976, finalmente pudimos salir, junto a mi padre, madre y hermanita, rumbo a Suecia, bajo el amparo del Comité de Migraciones Europeas. En el trayecto, el avión hizo escala en un país africano y se detuvo por algunas horas para cargar combustible. Bajé del avión junto a papá para estirar un poco el cuerpo. Ahí nos topamos, en el hall central del aeropuerto, con un hombre alto, de tez negra, que vendía productos típicos de
(Leer más)