Alba
He abrazado el alba de verano.
Nada se movía aún frente a los palacios. El agua yacía muerta. Los campos de sombra no abandonaban el camino del bosque. He caminado, despertando los hálitos vivos y tibios, y las pedererías miraron y las alas se levantaron sin ruido.
La primera aventura fue en el sendero ya lleno de frescos y pálidos resplandores, una flor que me dijo su nombre.
Reí ante el wasserfall rubio que se desmelenaba a través de los pinos: en la cima plateada reconocí a la diosa.
Entonces levanté uno a uno los velos. En la avenida,
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