Meta para el Bicentenario: el liderazgo que nadie asume
Me parece que la actual clase política, que
a nadie representa, debiera entender que para recuperar el respeto ciudadano,
hay que volver la vista a lo que nos hizo grandes como
Meta para el Bicentenario: el liderazgo que nadie asume
Me parece que la actual clase política, que
a nadie representa, debiera entender que para recuperar el respeto ciudadano,
hay que volver la vista a lo que nos hizo grandes como
Meta para el Bicentenario: el liderazgo que nadie asume
Me parece que la actual clase política, que
a nadie representa, debiera entender que para recuperar el respeto ciudadano,
hay que volver la vista a lo que nos hizo grandes como pueblo, devolviéndonos
la dignidad de ciudadanos, aquello que nos permitió triunfar por sobre el poder
omnímodo de la dictadura en el histórico plebiscito del 5 octubre de 1988,
i.e., el deseo sincero de democracia y la participación ciudadana en su
consecución.
Aquel triunfo representó una auténtica gesta
popular, que se logró por el sistemático trabajo de los ciudadanos, quienes
entendíamos que dicho 5 de octubre estaría llamado a marcar el inicio de un
proceso de transición a la democracia, en el que el pueblo conservaría el mismo
protagonismo que había dado tan buenos frutos.
Desgraciadamente, las dirigencias de los
partidos concertacionistas prefirieron desvincularse de la ciudadanía y entrar
en conversaciones con el Gobierno Militar, representado por su Ministro del
Interior Carlos Cáceres, para obtener una reforma consensuada de la Constitución de 1980.
A poco andar, el Presidente Aylwin nos
notificó que la Transición
estaba concluida y que disfrutábamos de una democracia plena, en un acto de
voluntarismo político que no convenció a nadie, la mejor prueba de lo cual, es
que ha requerido ser reiterado una y otra vez por los diversos gobiernos que lo
sucedieron.
La verdad es que todo lo que hemos vivido
después, no ha sido sino un gigantesco autoengaño de la clase política.
En efecto, aunque nuestros políticos
esquiven el bulto y pretendan hacernos sentir orgullosos de nuestra estable y
asentada democracia, el hecho cierto es que la población no siente como propia
ni menos se enorgullece de esta democracia de mentira, en la que no tiene
ninguna participación real; en que sufrimos por varios lustros una
representación senatorial minoritaria para la coalición con el mayor respaldo
de sufragios; en que, pese ha habérsele otorgado el triunfo en cuatro
elecciones presidenciales sucesivas a tal coalición, aún no hemos conocido
propiamente el Gobierno de la
Concertación de Partidos por la Democracia, sino el
Cogobierno de aquélla con la coalición de derecha, merced al poder de veto que
el antidemocrático sistema binominal otorga a la minoría; en que la Concertación de
Partidos por la Democracia,
no obstante haber contado con el respaldo ciudadano suficiente para ser más
proactiva en la obtención de la democracia, ya en los inicios de la Transición prefirió
alejarse de sus electores y hacer suya esta institucionalidad espuria e
ilegítima, contra la que creíamos haber luchado.
Si la democracia se define como, "el
gobierno de la mayoría con respeto de la minoría", ello no se corresponde
para nada con el sistema político ideado por Jaime Guzmán e instituido por la dictadura
en la Constitución
de 1980, hecha suya -aunque no nuestra- por Ricardo Lagos en la reforma
constitucional de 2005. El régimen ahi consagrado y cuya llave maestra es el
antidemocrático sistema binominal, podría definirse como, "el cogobierno
de la mayoría y la minoría con total desprecio por la ciudadanía". Ello,
sin duda, no es democracia.
Esto es lo que sus partidarios han
denominado, "Democracia de los Acuerdos" o "política de
consensos" y que yo, ante lo que hemos conocido, prefiero motejar de,
"Democracia de los Conciliábulos", totalmente contraria a un régimen
democrático y generadora de una casta o élite sin contacto alguno con la
ciudadanía.
Si hemos de seguir viviendo bajo esta
institucionalidad heredada de la dictadura, sería más honesto de parte de esta
élite política desvinculada de los gobernados que reformaran la Constitución para
instaurar un ejecutivo colegiado binominal (donde podría darse, e.g., un
consulado Lagos-Longuera). De este modo, el Cogobierno Alianza-Concertación que
se nos ha impuesto desde 1990, dejaría de ser una burla constante de los
resultados electorales y quedaría explicitado en las reglas del juego.
A propósito del sistema binominal, hay que
destacar que éste no es propiamente un sistema electoral, ya que está diseñado
para impedir que la mayoría electoral se vea reproducida como tal en el
Congreso, mediante la sobrerepresentación de la minoría, con un consecuente
empate de fuerzas, lo que es una burla de la voluntad del electorado. Por ello,
más que un sistema electoral, representa un fraude electoral.
Y precisamente porque el binominal no
constituye un sistema electoral, sino un fraude electoral, es que sus
partidarios no logran ponerse de acuerdo al caracterizarlo dentro de los
auténticos sistemas electorales. Así, mientras algunos suelen tildarlo de
"mayoritario", otros lo motejan de "proporcional". Ello
ocurre porque el binominal no está entre los sistemas electorales democráticos
(que son proporcionales o mayoritarios, con sus diversas variantes, pero, todos
ellos, con la característica común no menor de que siempre otorgan el triunfo a
la mayoría y no lo impiden, como en nuestro caso), sino que representa una
entelequia rara que sólo podría ser calificada de, "sistema electoral
minoritario", lo que es en sí un contrasentido, pero, sin duda, también un
éxito postrero de su autor, Jaime Guzmán, quien lo tramó en pro de la dictadura
y la perpetuación de su legado, mediante el expediente de impedir el gobierno de
la mayoría (nada menos que la materialización de la democracia) a través de la
sobrerepresentación de la minoría (33%=66%), lo que le otorga a esta última un
poder de veto frente a la mayoría, obligando al cogobierno -que es lo que hemos
vivido hasta el presente- para evitar el inmovilismo.
Además de la distorsión de la voluntad
ciudadana que se obtiene con este fraude electoral que representa el sistema
binominal, hay que añadir que ella se ve acentuada debido a que el voto de la Región Metropolitana
vale una fracción ridícula de aquel de regiones extremas, y, peor aún, se
discrimina en el valor del voto dentro de la RM, por lo que aquel de las comunas populares
vale, a su vez, sólo una fracción de aquel de las comunas acomodadas. (Esto fue
materia en su momento de un recurso ante el antiguo Tribunal Constitucional,
presentado por profesores constitucionalistas, entre los que recuerdo a Jorge
Precht y Mario Verdugo, en las postrimerías de la Dictadura, por cierto
rechazado). Lo anterior hace imprescindible -junto con la eliminación del
sistema binominal- una reagrupación de los distritos electorales, por mucho que
se opongan nuestros caciques.
Por otra parte, a aquellos que se desesperan
por la falta de alternancia en el poder y que, no obstante la trágica
experiencia de nuestro 11 de septiembre con todas sus secuelas, se permiten
llamar al "desalojo" de la coalición gobernante, habría que
recordarles que es la institucionalidad por ellos diseñada la que consagra el
inmovilismo. Es nuestro sistema político ultra presidencialista consagrado en la Constitución de 1980
(exageración ad absurdum del régimen presidencial que conoció don Andrés Bello
y al que motejaba como "una mala copia de Estados Unidos"), el que
constituye una camisa de fuerza que no contempla salida alguna para el fracaso
de un gobierno, como sí ocurre en las más perfectas democracias occidentales,
de carácter parlamentario, en las que existen los muy civilizados mecanismos
del voto de censura y el voto de confianza, merced a los cuales, se confirma la
mayoría de la fuerza gobernante o bien ésta pasa a ser reemplazada por otra,
sin que ello signifique ningún trauma, sino sólo la dinámica propia de un
sistema de gobierno que refleja fielmente la voluntad ciudadana.
Si queremos una sana política de acuerdos,
legítima y efectiva, démonos nosotros, los ciudadanos, el poder constituyente
originario, una nueva Constitución y optemos por el sistema parlamentario (o
semipresidencial, en su defecto), régimen político en el cual, lo que prima son
los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero consumados por los
legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas
en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc ideada bajo un
régimen de facto y cuya llave maestra es el antidemocrático sistema binominal,
sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.
La derecha, igual de insensible al
sentimiento nacional que la coalición gobernante, tampoco percibe que mientras
sigamos en esta camisa de fuerza que representa la Constitución de 1980
para la genuina expresión democrática de chilenos y chilenas, seguirá siendo
minoría, porque es la forma en que los ciudadanos expresamos nuestro rechazo a
esta democracia de mentira, que no nos dimos nosotros soberanamente, sino que
nos fue impuesta por una dictadura en una parodia de acto cívico, como fue el
fraudulento plebiscito de 1980. En tanto que si tuvieran la audacia y el coraje
de jugarse por el cambio de nuestro régimen político en una nueva Constitución
Parlamentaria, originada en una Asamblea Constituyente que nos represente a
todos, siendo un motivo de unidad nacional y no el factor de división actual,
sin duda el panorama cambiaría y podrían empezar a pensar en ser gobierno.
Cuando defiendo y postulo la adopción del
régimen parlamentario para nuestro país, me estoy refiriendo a lo que se
entiende por tal en el Derecho y la ciencia política, que ciertamente no se
corresponde con la experiencia posterior a la Revolución de 1891 en
nuestro país, sino con aquellos actualmente experimentados con éxito en todos
los continentes, si bien nacidos en Europa, sea en monarquías constitucionales
(Reino Unido, España, Holanda, Suecia, Bélgica, etc.) o en repúblicas
parlamentarias (Portugal, Alemania, Italia, Irlanda, etc.). En el Derecho,
existe un aforismo que dice, "las cosas son lo que son y no lo que se dice
que son", y la así llamada por nuestra historiografía República
Parlamentaria, no era un régimen parlamentario con los mecanismos del voto de
censura y el voto de confianza, así como la antigua República Democrática
Alemana tampoco era una democracia.
Este régimen parlamentario que postulo
debiera contemplar un Parlamento unicameral. Hay que destacar que la vigencia
de la Constitución
de 1980 ha
conllevado el desprestigio permanente del Senado, primeramente, por la
incorporación de los senadores designados, que significó una antidemocrática
representación minoritaria para la coalición mayoritaria durante sus 3 primeros
gobiernos. Luego y pese a su eliminación por la reforma constitucional de 2005,
en la práctica, la institución de los senadores designados ha sobrevivido,
merced al antidemocrático sistema binominal, que asegura un cupo a cada
coalición, lo cual, unido a la opción de presentarse solo o
"blindado" en la lista respectiva, asegura el asiento senatorial al
margen de la voluntad ciudadana al "blindado" de turno (Allamand,
Arancibia), por la sola designación partidaria previa. Por otra parte, también
resulta del todo incoherente que se creen nuevas regiones que carezcan de
representación senatorial, como ha estado ocurriendo últimamente. Tampoco se
justifica la preservación de un Senado que cumple prácticamente las mismas
funciones de la Cámara,
aunque con una más pobre representación que aquélla en virtud de lo recién
señalado. Finalmente, la preservación de la Cámara Alta sólo se
traduce en una absurda actitud de nuestros representantes, que conciben el paso
de la Cámara
al Senado como una suerte de ascenso, con algún halo aristocratizante bastante
ridículo.
Por todo lo señalado, me temo que mientras
no arribemos -a través de una Asamblea Constituyente cuyos integrantes no
puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes y no mediante una
parodia de acto cívico como aquel fraude de 1980- a una Constitución que nos
represente a todos, nuestra Transición seguirá en suspenso. Admitamos que la Transición a la
democracia no ha concluido y que tampoco avanza hacia ninguna parte. Dejemos de
idear más disfraces de democracia para una institucionalidad que no nos dimos
nosotros ni nos representa, sino que nos fue impuesta por un régimen de facto.
En los albores del Bicentenario de nuestra
República Independiente, estamos en el momento propicio para promover una
institucionalidad que ponga fin a nuestra frustrada Transición y se nos
presenta la oportunidad de optar por el régimen parlamentario de gobierno, la
mejor y más acabada materialización de la democracia, con expresión en los 5
Continentes y que representa el canon de la Democracia Occidental,
con la sola excepción relevante de Estados Unidos y su "patio
trasero", lo que en nuestro caso adquiere forma en esta camisa de fuerza
llamada Constitución de 1980.
Finalmente, digamos que el régimen
parlamentario de gobierno, cuando se ha planteado, como ocurrió a principios de
la década de los noventa, ha recibido un apoyo de carácter transversal entre
nuestras fuerzas políticas, por lo que su proposición como la forma de poner
feliz término a una Transición eterna, lejos de representar una idea peregrina,
resulta mucho más realista que seguir disfrazando de democrática, con parches y
más parches, una institucionalidad espuria e ilegítima que a nadie representa y
que sólo puede avergonzarnos.
Este es el liderazgo que nadie asume y que
está disponible para quien quiera hacerlo suyo, incluidas las fuerzas de
derecha. Por ello resulta tan valioso el voto unánime del último Congreso
Ideológico de la
Democracia Cristiana, que contó con el decidido apoyo de
estadista del ex Presidente Eduardo Frei, llamando formalmente a la adopción de
una nueva Constitución, que ponga fin al presidencialismo de la Constitución actual y
adopte un nuevo régimen político, con un Primer Ministro, que ejerza la
jefatura del Gobierno, mientras el Presidente de la República conserva la
jefatura del Estado, y ello junto con la adopción de un Parlamento unicameral.
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