Es las 2:30 y me tengo que levantar a las 6:50. Desde una
taza que está sobre la esquina de mi velador llega a mí un suave y frío aroma a
café. Me lo acabo de preparar, me lo acabo de traer, y con ese café se confirma
la intención que dudosa asoma en mí una vez cada cuantos meses o un año, que es
la de pasar de largo despierto en la noche cuando me dan estos accesos de
insomnio.
Creo que estoy más acostumbrado a vivir en mi interior que
en el exterior. Me es más conocida y
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