Jorge Lanata, La Nación Buenos Aires
1) Kirchner:
La muerte, siempre, sorprende y espanta. La de Néstor Kirchner estalló
en el vacío de un feriado, espera de la llegada del censista y
teléfonos que no pararon de sonar. La muerte ajena espanta porque nos
enfrenta al fantasma de la muerte propia. Esta mañana supimos, otra
vez, que no somos inmortales. La sola idea es insoportable, por eso
vamos a olvidarla con rapidez. Ni siquiera el poder puede defendernos
de ella. Néstor Kirchner tuvo suerte: murió en su ley y en El Calafate,
su lugar en el mundo. Los
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