Beatriz Sarlo, La Nación Buenos Aires
A las diez de la mañana, la ciudad estaba desierta por el censo. En ese
vacío cayó la noticia. Cuatro personas, en un vagón de subterráneo
escuchamos que alguien dijo: "Murió Kirchner". A partir de ese
instante, la ciudad en silencio se convirtió, retrospectivamente, en un
ominoso paisaje de vaticinio. Cuando bajé saludé a quienes habían
escuchado conmigo la noticia, quise preguntarles sus nombres porque,
como fuera, había vivido con ellos un momento de los que no se olvidan
nunca más. En el quiosco de San José y Rivadavia pregunté si era
cierto, con
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