Éramos dos. Solos tú y yo.
Llenos. Colmados. Repletos.
De ti y de mí me erguía.
Era mi carne, tierna y humedecida;
tierra simiente para tu semilla,
nido cerrado abrigado con tus alas
esperando tomar el vuelo.
Embistiendo encrespados
la lanza en huracán de rayos,
exprimiendo cada gota de sangre.
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