Se me incrustaban, sí, en la médula, justamente, como una piedra lacerante, los ojos remotos de los saurios y tu respiración, y el espejo de mi naturaleza se fragmentaba y se esparcía turbulento por un cielo recurrente. Mis manos, tus yemas, violando iconografías, tiempos, vastedades, desterraban soles fríos, paisajes arrasados,
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