La cigüeña me dejó en una casa de la capital guatemalteca en julio de 1965 con una ama de casa y su marido, un herrero. Ellos me dieron formación, cuidaron y protegieron. Ellos me dijeron que escogiera una profesión y sin pensarlo decidí el periodismo: a mi abuela le gustaban las noticias, a mi mamá la economía familiar, a mi hermana el escribir, a una de mis tías el estudio, y al chucho (perro) andar en las calles, ah, y de mi tío, el amor por el peligro y las cosas excitantes: era bombero.
En fin, soy una mezcla de todos ellos. Estudié periodismo en la Universidad Estatal de San Carlos y ahora saco un diplomado por parte del Tecnológico de Monterrey con el auspicio de Femsa. Dicen que soy casado, digo -no por machismo- que no me considero tal. Voy a una iglesia los domingos, no digo que sea un santo, pero intento tener en la espalda la menor cantidad de chamucos (diablos) encima.
Si fuera animal diría que soy un delfin, intento ser simpático, pero resulto ser un tanto tímido, pese a que me considero extrovertido.