A los cuatro años mi vida cambió irreversiblemente: aprendí a leer.
Las páginas de Artes y Letras de El Mercurio se tornaron mi delicia,
llegando el diario sagradamente todos los días hasta mis manos. Pronto
comencé a recorrer el mundo con Twain, Wilde, y Dickens, nombres
totalmente desconocidos por los hijos de los vecinos.
Ingresé al colegio, como todos los niños, pero con varios libros
bajo la piel. Entre Ave Marías, Glorias, y los silenciosos pasillos de
un convento centenario arribó la adolescencia, mientras reía a
carcajadas en el patio de adoquines con las crónicas de Werne Núñez y
Chancho Cero.
Pasó el tiempo… Me disponía a celebrar 15 años cuando bajo un nogal comencé a escribir, mientras poco a poco,
con Joplin y Hendrix de fondo.
Corría 2006 y los estudiantes elevamos la voz ante un sistema
educacional que no nos convencía, apropiándonos de nuestros
establecimientos y manifestando el descontento públicamente. En una
sala del colegio de monjas, paralizado por primera vez en un siglo de
historia, llegué a la última página de Tinta Roja de Alberto Fuguet: el
futuro estaba impreso, sería periodista.
Luego ingresé a Periodismo en la Universidad de Concepción,
razón por la que inmigré hasta el “Manchester chileno”: una ciudad
mitológica cuya niebla eterna ha parido a los mejores músicos y
escritores de mi país en el último medio siglo. Ahí conocí a Tito
Matamala y Sergio Hernández, hombres que con una paciencia infinita han
corregido mi estilo al momento de tomar la Parker.
Llevo tres años viviendo en la frontera natural del dominio español,
donde la gente es gris y fría como el cielo, pero mis alas van
abrigadas bajo la chaqueta, con ganas de volar donde no me puedan
alcanzar y, por supuesto, vivir para contarlo. Actualmente, aparte de
estudiar, hago un par de ayudantías en la universidad, escribo algunas
basurillas para un par de blogs, y tengo mi portal: Conce … Son
las cosas que me permiten respirar bajo las aguas del Bío Bío. Razones
de sobra para seguir vagando.