Yo
escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan
desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen
con que. Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección
de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asís, en
Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no
había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó
la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin embargo, los
actores, más numerosos que el público,
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