David Gallagher, El Mercurio
Estuve en Yasnaya Polyana por primera vez en 1993.
Era febrero, y el campo, a 200 kilómetros al sur de Moscú, en que
Tolstoy escribió sus grandes obras estaba cubierto de una espesa
capa de nieve. Recuerdo haber caminado por un bosque muy ruso, un
bosque de abedules, hasta llegar a un claro donde en la nieve
sobresalía, apenas, un pequeño montículo. Era la sobria tumba del
novelista. Me acompañaban dos rusos. Nos conmovió la simpleza de la
tumba. Parecía tan obvio como tan poco común constatar que un gran
hombre no necesita un gran monumento.
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