Hace cuatro o
cinco días atrás me picaba la mano, los dedos digitales por escribir,
trazar unas palabras sobre Carlos Monsivías, quien estaba en cuidados
intensivos hacía ya algunas semanas en el DF, la ciudad que creció dentro de sus pulmones,
imaginación, historia, el sitio que respiró hasta la muerte y cargó en
su piel como si todos los mexicanos descendieran de un mismo sol. No sé
puede andar más rápido que la muerte, porque uno se cansa, siempre llega
atrasado, y tal vez con la propia se sea más puntual. Carlos Monsiváis
no necesita ni la más minima presentación,
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