Eran negros y duros los hilos que cerraban mi piel, atravesaban la ropa y los vendajes con tal necedad que no me hacían olvidarme de ellos por un momento.
Habían colocado gasas estériles, querían evitar infecciones internas.
He dejado rastro desde la habitación, gotas oscuras que con el tiempo se aferran como costras al piso. Algunas las he borrado con el pie mientras me arrastro para avanzar. Los débiles pasos de rodillas temblorosas me llevaron al mueble de la cocina justo donde guardo las tijeras.
He soltado las vendas, mi vientre se afloja fláccido y cansado como si diera un
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