Por Raúl Dellatorre
La
financiación a gobiernos de países en desarrollo funcionó, durante más
de dos décadas, al revés de lo que sucede con los créditos en el sector
privado: solía ser mejor negocio para el prestamista que el deudor no
pagara en vez de que cumpliera prolijamente sus compromisos. Así sucedió
sistemáticamente con los préstamos del FMI: buscaban condicionar con
sus créditos al país deudor a que aceptara sus “recetas económicas”,
cumpliendo así su papel de custodio del modelo y de su aplicación en
países dependientes. También resultaba un gran negocio para los bancos
acreedores seguir cobrando intereses altísimos
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