Desde
la ventana del autobús Germán comprobó el colorido de los puestos de flores,
más abastecidos que de costumbre dadas las fechas. Bajó tan ágilmente como sus
años le permitían. Y tras departir con la florista a la que acostumbraba comprar
los ramos se encaminó con las flores al interior del cementerio como hacía cada
año en vísperas de la fiesta de los Difuntos. Primero sacudió como pudo la
lápida con un trapo que llevaba en la bolsa. A continuación se acercó a la
fuente próxima y llenó de agua la botella de plástico que había traído. Después
la fue
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