Ella estaba en el asiento trasero, esperando un santo y seña, un anzuelo, algo que le diera la voz para hablarle.
Sabía que no le quedaba demasiado tiempo, que las luces rojas serían menos piadosas a estas horas. Sabía muy bien que era ahora o nunca.
Sonaba una canción, era algo sensual, una suerte de labios mojados – daban ganas de mojarse los labios y mover las caderas sentada-.
Corrió su melena lavada hace unas horas, lo hizo consciente y con muchas ansias en las uñas rojas.
Espero saberse observada por el retrovisor, espero exhalar de los pechos ese perfume
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