Supo que era ella, la mujer con la cual había compartido en el refugio del aserradero, cuando los primeros cadàveres bajaron por el río y los chulos trepados sobre el naufragio de sus cuerpos baleados, les reventaban la hinchazón con su picos negros, sacándole las tripas, los temores por la vecindad de la muerte, y el goce de sus cuerpos hechos una reventazón de deseos, estrujándose sobre las virutas que dejaba la madera serruchada. La noche en que los los hombres embozados le metieron candela a la empalizada donde él improvisó el aserraderos y un cuarto de paredes de guadua
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