Fue de improviso, quizás unos pocos minutos adelantado de lo normal, llegó a su hogar como cada tarde y claramente ella no lo esperaba como siempre, sino que se encontraba en el balcón con una copa casi vacía entre sus manos y la mirada perdida hacia el horizonte que dibujaba el atardecer.
No quiso sacarla de aquel momento y se devolvió echando una mirada de reojo hacia la mesa del comedor, donde reposaban unas cuantas botellas de vino completamente vacías. Sólo las plantas, en secreta complicidad sabían qué había ocurrido antes de que él llegara.
Debió haber sido una jornada
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