Daniel Mansuy, El Mostrador
En
pocos minutos, Marco Enríquez pulverizó ayer buena parte del capital
político que había acumulado en los últimos meses al entregar su apoyo
a Eduardo Frei. Sin embargo, no lo nombró, no lo elogió, no ofreció
razones para votar por él ni enumeró sus virtudes: en rigor, su llamado
fue a evitar el triunfo de Piñera. El problema es que con su actitud un
tanto mezquina cayó en esas viejas prácticas que había prometido dejar
atrás: recurrió al añejo argumento del terror y aludió a la muerte de
su padre.
Si alguien aún conservaba alguna esperanza
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