Hace
tiempo que la conciencia no venía a penarme con sus mensajes
insectomorfos, desde aquella vez en que las invasoras pollilas mutantes
resistentes a la naftalina me anduvieron trayendo meses como clienta
premium de Raid y todas las grandes compañías manufactureras de venenos
para plagas. Por mientras, me pasaba rollos de que lo que se estaba
apolillando era yo, y de que ésta era una señal de la vida de que era
tiempo de superar el Síndrome de Wendy y abandonar la partuza.
Y
la rehabilitación y otras circunstancias me han tenido meses sin probar
una miserable gota de alcohol.
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