La vida en Los Alamos siempre fue tranquila. El clima lluvioso y los días cortos mantenían a la gente en sus casas. Tal vez lo único que alteraba esta rutina era el misterio que rodeaba a la casa de los rusos.Era la única casa del pueblo que estaba al otro lado del río. En invierno, muchas veces quedaba aislada por la nieve o por las crecidas del río. No era muy grande, tenía dos pisos y la pintura blanca de la madera que la recubría estaba resquebrajada.En ella vivían Andrei, su mujer Valeria y su hija, de unos ocho años.
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