Desde que la polémica por el acuerdo del Gobierno-Microsoft estallara un lejano 23 de julio, muchos fenómenos sorprendentes se han sucedido con rapidez. No es mi idea analizarlos ahora porque espero hacerlo más adelante, con la frialdad que aporta la distancia, pero si algo de sus conclusiones puedo atisbar desde aquí es que nadie -ni partícipes, ni antagonistas ni espectadores- estábamos preparados para lo que esto iba a generar. Y me gustaría pensar que es precisamente esa inexperiencia, ese pasmo entre temeroso y maravillado ante lo desconocido, lo que provocó el
triste espectáculo del que ayer miércoles todos fuimos víctimas
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