II
La Indiferencia De Los Días.
Él había tomado la costumbre de llamarla “diosa” y, en momentos especiales, “deidad”.
Ella, con esa seriedad en la mirada que parecía invocar gigantescos monstruos desde las más crueles pesadillas, le preguntó cierta vez: “¿me lo dices en serio?”. “Por supuesto”, contestó él con una naturalidad construida a lo largo de meses haciéndose la misma pregunta, “eres mi diosa, y no puedes salvarme, es lo más terrible”.
Ella no lo dijo, pero su corazón divino había quedado destrozado. Su impotencia había sido puesta en evidencia sin ningún respeto por parte de un simple mortal,
... Leer más